La voz del Padre Pedro
Desde
esta página ofrecemos la oportunidad de oir la voz del Padre Pedro.
Se trata
de un fragmento de la grabación del discurso que pronunció
el día en que le fue entregada la Medalla de plata "Al Mérito
en el Trabajo" (24-6-1973).
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Texto
del discurso
Excmos. Señores, autoridades, representaciones, padres y madres
de mis alumnos pasados y presentes, simpatizantes, hermanos míos
escolapios, hermanas, parientes y paisanos:
Muchas
gracias por todo. Esta frase tan elemental y tan corriente es la única
que puede resumir mi postura en estos momentos. Todo lo demás sería
ajeno a mi noble deseo.
Una
vida pasada entre niños de cuatro a seis años, que utilizan
un lenguaje elemental y directo, cala hasta el fondo del ser y de la edad,
y eso mismo me ocurre a mí. He podido hacer de ellos muchas cosas.
Personalmente, pienso que solamente cumplí con mi deber. Pero ustedes
se han empeñado en decir que no. Y por ese afecto he comenzado
una labor que ha podido llevar a situaciones más o menos brillantes.
Pero en esta labor con ellos, ellos me han hecho bien a mí: su
sencillez, su carencia de doblez, su pureza bendita, su mansedumbre, su
capacidad de perdón, han sido lecciones que me han sido dadas,
año tras año, a lo largo de estos casi cuarenta que llevo
dedicado a ellos.
Y
todo ello me obliga a deciros en esta circunstancia que esta acción
de gracias, que va directamente a cuantos con suma benevolencia han querido
que esta medalla pendiese de mi humilde sotana, se dirija, en último
término, alos miles de niñitos que queriendo o sin querer,
me han hecho recapacitar muchas veces en la verdad eterna y definitiva
de las palabras de Jesús: "Si no os hiciereis como niños,
no entraréis en el Reino de los cielos".
Para
ellos, pues, mi principal gratitud. Si pronto otarde, cuando Dios quiera,
porque estoy dispuesto, he de presentarme ante Él llevando algo
en mis manos vacías de pobre hombre limitado, ellos habrán
sido los que hayan puesto ese poco.
Muchas
gracias a mi Santo Padre José de Calasanz. Él me dio ejemplo
hace más de trescientos años, cuando repetía incansable
la frase: "Al niño se le debe todo honor y tosa reverencia".
Gratitud
a mi Escuela Pía, que me ha dado mucho más de lo que nunca
le puedo restituir.
Gratitud
a mi Patria y a sus gobernantes. He nacido en una tierra de lealtad y
sacrificio y todos los míos, mis cuatro hermanas religiosas, y
mi único hermano que espera la resurrección en las estepas
heladas de Rusia, sabemos de sacrificios, llevados con alegría.
Gratitud
a mis padres, al hombre y la mujer buenos, santos, de cuyo ejemplo he
imitado todo lo que he podido, sin llegar a lo que ellos llegaron. Me
enseñaron a ver a Dios como padre, a María Santísima
como madre y a todos los hombres como hermanos. Y eso, solamente eso,
he puesto en práctica durante estos años. Esa ha sido mi
pedagogía.
Y
nada más. Cuando hace muchos años, casi dos mil, la más
grande de las criaturas, María Madre de Dios y de los hombres,
recibió la distinción suprema de su maternidad divina, lo
explicó diciendo que era debido a que el Señor se había
fijado n su pequeñez. Yo digo lo mismo, y puedo incluso aludir
a mi pequeñez física.
Soy
un pequeño tornillo de una máquina maravillosa de la educación
escolapia y zaragozana. A la hora de bendecir socialmente esa máquina,
la gota de honor ha caído casualmente sobre mí, y eso es
todo. Y así como en las colas de las grandes recepciones es casi
siempre un niño quien entrega una flor o un beso, yo en nombre
de mis niños entrego a mis autoridades y a mi Patria, a esta Zaragoza
tan querida, tan amada, a mi Escuela Pía y a mis hermanas, una
promesa de oraciones, de superación, como flor, como abrazo, de
español, de sacerdote y de escolapio.
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